-Ven, corre, ¿puedes venir ahora?

Mi amigo lo dejó todo y se reunión conmigo: Fuimos al mercado, pasamos por la pollería, donde ya tenían preparada la gallina ecológica para el caldo; por el puesto de  verduras kilómetro 0, con una sonrisa pasaron de sus manos a las mías y al carrito de la compra …  una gran piña, apio, zanahorias, nabos y chirivía, col, garbanzos remojados, y así de puesto en puesto recibí la atención, la sonrisa, el cariño, la profesionalidad y los alimentos que iban a formar parte del festín. El carrito cada vez pesaba más, pero mi amigo no se amilanó, y aunque se hacía tarde y estábamos ambos en ayunas, siguió tirando de él y hasta paramos en un barcito del pasaje a hacer el vermut. ¡Que gran invento, el vermutito, con sus olivas y un chorrito de sifón!

Llegados a casa y antes de desembalar nada, me lancé a preparar  algo para llevarnos al estómago, cosa de reponer fuerzas.

Finalizada la frugal colación, puse música y con la ayuda de mi amigo bajé los platos y las copas que habría de utilizar para la comida de Navidad. –Ya puestos, comentó Julià, bájala toda (la vajilla) y le damos un lavadito al estante. Dicho y hecho. ¡Pobre, jamás debió decirlo! La vajilla consta de 24 piezas, de todo: plato plano, de postre, de sopa, 6 fuentes, el servicio de café con 12 tazas, 12 platitos, el azucarero, la cafetera y la jarrita de la leche. Bajamos todo y ¡a lavar! ¡Lavar y secar! Puse una mesita auxiliar donde fui depositando las piezas que utilizaría al día siguiente, y las demás las fuimos apilando. Limpié a conciencia el estante, y subimos la vajilla restante, quitamos las etiquetas a la nueva cristalería, pulimos los cubiertos de Ikea … A las 7 y media mi amigo salió pitando hacia casa de sus sobrinos que estaban a punto de hacer cagar el Tió y solicitaban su presencia. Para mí, fue un cuento de Navidad. Su presencia, su compañía desinteresada, nuestra conversación, la música de fondo, una pieza erótico-mística de Rosa Zaragoza nos recordaba que en nuestros corazones brillaba la luz. Y juro que la vi, toda la habitación, cocina-office, estaba llena de una vibración de amor. La esencia de la Navidad.

Al día siguiente puse la mesa, planché el mantel y empezaron a llegar mis hijos, hermanos y algún amigo que se había ofrecido a preparar como entrante un cocktail de gambas. Otros amigos pasaron a dejar regalos y parabienes y tomar una copita de cava con nosotros mientras jaleábamos al cocinero dándole nuestro apoyo. En el horno se gratinaban los canelones que trajo mi hermano. Mi hijo y mi nuera disponían la piña en rodajas, las neulas, turrones y mazapanes, roscos de vino y polvorones, en sendas bandejas. Max era el centro de atención por ser portugués residente en Roma, como es natural se interesó por la situación política de  Catalunya, el referéndum,  lanzaba preguntas en una deliciosa mezcla de ambas lenguas y un poquito de castellano, y a mi hermano le va la polémica, así que el entretenimiento estaba asegurado. El caldo desprendía un aroma maravilloso; los “galets” habían crecido hasta hacerse grandes como caracolas. Con delicadeza fui sacando y depositando en grandes bandejas  la “pilota”  y  demás carnes, las verduras y hortalizas y por último los garbanzos. Aplausos, risas por doquier, felicidad. El espíritu de la Navidad. La vibración de amor de la tarde anterior, fue volviéndose atornasolada y creciendo, expandiéndose por toda la casa hasta inundar el árbol, el pesebre y los paquetes encharolados que yacían al pie.

Y así siguió la comida, la sobremesa… llegada la hora todos nos dirigimos hacia casa de mis padres, que ese año habían decidido que nos reuniéramos alrededor de las 7 para una merienda cena.

Cuando llegamos, el resto de mis hermanos, cuñados y sobrinos ya estaban allí. Papá estaba de cuclillas frente al tocadiscos seleccionando una pieza, jugando con el mezclador hasta que quedó a su gusto, en ese momento,  pasé por su lado, y al verme rodeó mi cintura y despacito volvimos a bailar, bailamos como cuando era pequeña me enseñaba a dejarme llevar como una pluma, bailamos como cada Navidad, pero esta vez, hoy un sentimiento de gran amor por mi padre inundó mi corazón emocionándome; papá, querido papá, su cuerpo ha empequeñecido, lo sentí frágil y por un momento el pavor de su ausencia –ley de vida- me conmocionó; bailaría con él año próximo? ¿Quién sabe?  Igual me da un patatús a mi mañana, o me atropella un tranvía, como al pobre Gaudí. Lo cierto es que el amor seguía ahí, en mi corazón, venía siguiéndome desde la casa, y seguía creciendo, lo vi reflejado en todos y cada uno de los besos que di a hermanos, cuñados, sobrinos; creció y creció mientras charlábamos, se multiplicó cuando nos conectamos vía Skype y vi a mi primogénito y sus vástagos por la pantalla, allá en  México, desayunando, preparándose para ir a un parque infantil. La esencia de la Navidad.

La mañana de Sant Esteve me levanté tarde, haraganeé  un poco y me dirigí a la cocina-comedor donde un alma caritativa había lavado y apilado los platos, listos para volver al rincón a coger polvo hasta el próximo festejo que juro no será muy tarde. Sola, con la música de Enigma, colé el caldo, fui colocando en tapers los restos, apartando lo que podía utilizar para hacer croquetas para mi hijo, y lavé, lavé y lavé, cazuelas, ollas, fogones, en un estado de beatitud y gran calma. El espíritu de la Navidad seguía allí, brincando con cada nota.

Querido amigo, querida amiga, creerse feliz es un factor de longevidad y envejecimiento saludable. Las personas que se perciben a sí mismas como felices, viven más y mejor. Te propongo que te conviertas en un cazador de instantes de plenitud. Toma conciencia de ellos en el momento en que los estés viviendo, porque todo es efímero, todo es transitorio, nada es permanente, pero si atesoramos esos instantes iremos almacenando un saco de dicha del que echar mano cuando los sinsabores lluevan sobre nosotros.

Que el amor brille en ti y en cada uno de tus seres queridos.  ¡Muchas felicidades!

Victoria Baras, diciembre 2013.

P.D. Andaba yo por las primeras líneas cuando la pantalla enmudeció y se apagó hasta la última de las luciérnagas del ordenador, del modem, del auto parlante, del ratón. Alarmada lancé un SOS vía whatsApp a mi hijo que andaba ya por un pueblo perdido de Lérida. Al rato me contestó, seguí sus indicaciones y se hizo la luz. Más amor! Para que luego digan que la vida no es pura magia!

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